América Latina: la soledad del patio trasero

El mundo de los principios nació muerto. En los últimos días se ha hablado de manera constante de ideas que ya podemos vincular al siglo pasado. Libertad, legalidad y democracia, ideas románticas que ejercidas desde las grandes potencias justifican cualquier acto, al punto de que hoy celebramos sobre los restos humeantes de la libertad del pueblo iraquí, libio o sirio. Sin embargo, aunque siempre hemos sido conscientes de que los intereses de los dadores de democracia están por encima de cualquier principio idealista, antes estas palabras servían como un escudo casi sagrado que daba a Occidente la capacidad de dominar a terceros, sin tener que cargar con el peso moral que ha arrastrado por sus acciones devastadoras a lo largo de la historia.

En comparación, el mundo contemporáneo es más cínico, realista y directo, para Estados Unidos deschavizar Venezuela de golpe tendría los mismos efectos que desbaazificar Irak, provocando que múltiples facciones con intereses dispares se enfrenten entre ellas y en contra de la hegemonía estadounidense durante décadas, causando una violencia en la región que difícilmente tendría una solución en el corto o mediano plazo. La democracia o la libertad no son la prioridad cercana, sino más bien un efecto colateral lejano que puede o no generarse. Ya no estamos en un mundo de principios sino de negación, un orden donde quien controle el acceso a ciertos espacios y recursos, podrá determinar el futuro de las confrontaciones que están por venir.

En este sentido, no es tan importante la cantidad de dinero que llegará a Estados Unidos desde Venezuela, sino qué tanto control tendrá este país sobre el petróleo, el oro y las tierras raras que por ahora seguirán llegando a China. Con esto, Estados Unidos podrá abrir o cerrar el grifo de los recursos estratégicos ha aquellos que considere sus adversarios o una molestia para sus intereses. Así, aunque Maduro y su sistema político deben ser considerados como lo que son, un sistema corrupto, saqueador y autoritario que ha llevado a Venezuela a la ruina absoluta, probablemente lo que venga no será un cambio idealista que encarne la lucha del bien contra el mal, sino una reconversión de los aliados del régimen que ahora servirán a otros intereses, hasta que dejen de ser útiles para los Estados Unidos por cualquier razón imaginable.

De esta forma, pese a que no siento ninguna simpatía hacia Maduro o su cúpula, siendo consiente de que es hora de que el pueblo venezolano encuentre una forma de reencausar su camino, esto no evita que el precedente dejado por Trump sea alarmante, no solo para América Latina sino para el mundo entero. Con esto a quedado irremediablemente claro que al igual que el libre comercio, el mundo basado en reglas nunca existió realmente. Aquel sistema que prometía integrar las naciones y derribar las fronteras, chocó de manera directa con la realidad de que sus arquitectos no están dispuestos a ceder sus puestos, pues la libre competencia, la supervivencia del más apto y el poder del comercio solo funcionan si los de siempre ganan, en caso contrario la unilateralidad, la amenaza y las armas toman el lugar de la legalidad, las transacciones y los principios elevados.

En este nuevo mundo no solo Venezuela estará implicada, pues cada vez son menos los invitados a participar en lo alto del orden internacional. Occidente ya no es un bloque, es un recurso, es parte de la torta a repartir entre los actores política y militarmente importantes. Los intereses de Europa ya no son los de Estados Unidos, los principios que nutrieron el poder blando europeo ya no existen. Ahora solo su remilitarización podría ser una ventana para mantener alguna influencia efectiva en la política mundial, sino fuera evidente el hecho de que este proceso solo desangrará el débil equilibrio económico y social de una Unión Europea dividida, envejecida, estancada y dependiente. Mientras tanto, desde la perspectiva de muchas élites estadounidenses, Groenlandia y otros territorios, mercados y recursos estratégicos de estas potencias decadentes estarían mejor en sus manos, como garantía de que no estarán en manos de China y parcialmente Rusia, inaugurando un periodo donde solo el poder de las armas (especialmente si son nucleares) será capaz de mantener a flote los intereses de aquellos Estados que deseen velar por si mismos.

En cuanto a América Latina, la presencia de Estados Unidos nunca ha implicado más democracia o la creación de Estados con economías que rivalicen a nivel mundial. En la práctica, lo que tendremos será más de lo mismo, Doctrina Monroe, Destino Manifiesto, mesianismo y expolio. Además, siempre que la democracia no funcione en favor del nuevo-viejo orden, siempre habrá un hijo de perra, su hijo de perra, pues más vale una dictadura proyanqui que una democracia incómoda. La democracia no toca a las puertas del continente, solo la intensa soledad del patio trasero de un hegemón en decadencia. No obstante, irónicamente celebraremos con ahínco nuestra propia fatalidad, alabando conceptos difusos que en boca de Estados Unidos solo han traído ruina durante sus intervenciones: narco-terroristas, redes narco-islamistas y grupos variopintos de los conflictos del bien contra el mal librados por Estados Unidos en Medio Oriente, los cuales han llegado para quedarse en la política estadounidense y latinoamericana.

En pocas palabras, solo espero que a la larga este patio trasero no termine siendo un nuevo campo yermo arado por el excepcionalismo de la democracia estadounidense.   

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